miércoles, 17 de julio de 2013

Sur

Una espesa niebla reposa sobre el río y una voz sin rostro grita desde la orilla. Acaricio el agua con los remos de mi piragua, silencioso andar. El río es un espejo manso esta mañana aún no amanecida. Los pájaros demoran su despertar. Voy al sur, río abajo. Le escapo a los disgustos y a las culpas de pertenecer a una ciudad dormida. Busco volverme invisible ante cada vez más miradas, más pantallas, vigilancia y placeres. No es paranoia, es amor. Espero encontrarme con los hombres que todavía aman su naturaleza como condición de la existencia. ¿Cuanto tendré que remar? ¿Qué tan lejos nos hemos ido?. No pretendo alejarme demasiado, si no más bien acercarme a quien soy. Me declaro perdido en este laberinto de rascacielos habiendo dejado mis sueños acoplados al asfalto. Dejo mi nombre sin esfuerzos, siempre supe que mi identidad estuvo tejida por ciertos lazos impuestos. Harto de rezarle a la luna de las noches y los bares creyendo encontrarme con algo que solo dura un despertar. Me llevo un par de discos y algunos libros, la guitarra es demasiado grande y no será necesaria.
No puedo negar el miedo que siento de no llegar a ninguna parte, o de encontrarme en todas partes con lo mismo. Voy al sur, río abajo, guiado por la incertidumbre de la posibilidad de un afuera. Y si supiera que no podría volver, ¿igual me iría?. Las preguntas molestan y no conducen a nada, ya me lo han hecho saber quienes viven ciegos y felices.  
Dejé una nota en la heladera, para Pía y para Pancho, no quisiera que se sientan traicionados: Elegiría volverlos a encontrar.      

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