jueves, 4 de julio de 2013

El Discurso Antropológico y el Discurso de los Otros. Pensar la Antropología desde la propuesta de Michel Foucault

Resumen
    Sin esquivar la polémica, este trabajo intenta tomar algunos elementos del pensamiento foucaultiano para pensar la antropología de nuestros tiempos. Este intento busca problematizar entorno a la producción del trabajo etnográfico en relación al discurso de los Otros y expresar una propuesta en referencia al lugar que la Antropología puede ocupar si logra deshacerse de las preocupaciones metodológicas que la envuelven en el camino de reafirmarse como Ciencia, desplazándose hacia objetivos éticos políticos vinculados a los contextos de producción del trabajo etnográfico.  

Introducción: breve desarrollo de la propuesta de Michel Foucault
      Desde Francia, podemos decir que a comienzos del siglo XX, se despliegan un conjunto de categorías que marcaron la epistemología moderna. La reflexión francesa sobre la ciencia (como variante de otras dos corrientes epistemológicas: la alemana y la anglosajona) se orienta por una racionalidad ampliada e histórica, apartándose de las preocupaciones lógicas y reduccionistas que marcaron en general el curso de la  epistemología anglosajona. La epistemología francesa se caracteriza por no complacerse de simplificaciones formalistas, si no más bien, apunta a las complejidades propias de la ciencia, la historia y la vida misma en profundo vínculo con lo cultural, lo social, lo político, lo psicológico, etc. Dentro de la corriente epistemológica francesa podemos descubrir distintas vertientes, entre ellas, la corriente criticista en donde podemos ubicar a partir de los años sesenta el pensamiento foucaultiano, precedido e influenciado por autores como E. Boutroux, L. Brunschvicg, G. Bachelard y G. Canguilhem. Como nos explica el Profesor Gallego:
                                              “Esta segunda corriente (refiriéndose antes a una primera variante como la empirista y luego a una tercera corriente como la ontológica) encuentra su materia de estudio en el despliegue de la actividad del pensamiento científico, adopta una perspectiva histórica, concibe la actividad de la filosofía de la ciencia en términos de determinación de las condiciones de posibilidad de la emergencia de un cierto saber científico y viene a asimilar la modalidad de su propia tarea con el ejercicio de una crítica del pensamiento de la ciencia, esto es, con la tarea de precisar el conjunto de razones históricas –pero también económicas, sociales y políticas- que han venido a ser posible que la ciencia piense como ha pensado”. (Gallego F. M.; 2011; pág 3)
     En concordancia con estos énfasis y lineamientos teóricos que nos revelan un contexto de producción específico posicionamos a nuestro autor para nosotros poder, tomando algunas herramientas de su pensamiento a continuación expuestas, realizar un análisis que aporte a las Ciencias Sociales, específicamente a la disciplina antropológica.
    Michel Foucault en su primera etapa de producción, alrededor de los años sesenta, presenta un método descriptivo caracterizado como arqueológico en donde se centra en un minucioso trabajo que, a través del estudio de fuentes y documentos históricos, posibilita encontrar indicios de prácticas que daban cuenta de diversas formas históricas  de ver y hablar. Intenta reconstruir por medio de las fuentes un conjunto de prácticas históricas que se referían a la manera en que la gente veía y hablaba. Estás practicas constituyen un Saber para Foucault, debido a que el Saber no es conocer, no significa una dimensión cognitiva, si no más bien una dimensión práctica que produce objetos que no encuentran una existencia previa. Para Foucault las prácticas en un contexto socio histórico específico producen objetos desde donde se puede ver y hablar y que a su vez constituyen la posibilidad de un conocimiento. Es a través del objeto que el hombre puede conocer. Al mismo tiempo, nos encontramos con el problema de que las formas de hablar no se corresponden, no tienen absolutamente nada que ver con las formas de ver, pero sin embargo las encontramos y percibimos ligadas unas con otras históricamente. Entonces se vuelve inminente la pregunta acerca de cual es la relación que mantienen unidas a las prácticas del habla con la observación. Lejos de aterrizar en una explicación formal de la relación, como podríamos encontrar por ejemplo en la filosofía del lenguaje de Wittgestein donde se plantea una lógica proposicional, Foucault se vuelca sobre otro nivel de análisis que tiene que ver con una relación entre formas, una relación que mantiene unidas a las prácticas históricas discursivas, esta relación es lo que se denomina como Poder. El Poder en estos términos se refiere a una relación de fuerzas, algo que no funciona como una forma si no como una relación, una relación de afección. Entre el lenguaje y la mirada se encuentra operando una relación de fuerzas que se denomina Poder y que constituye a su vez un problema histórico en el cual Foucault detiene su análisis, advirtiendo a su vez que no es la Represión una forma privilegiada para pensar el Poder si no más bien la conducción, la manipulación, una acción sobre la acción. El Gobernar se refiere en estos términos a direccionar por medio de las relaciones de afección la capacidad de actuar de un otro, direccionar las conductas de los sujetos provocando al mismo tiempo una normalización. El sujeto se constituye como una identidad producida y atado a formas de ver y hablar, disciplinado y normalizado. La existencia se vuelve posible para el sujeto por encontrarse ubicado dentro de esta red de poder que provoca una normalización. Es en este punto que a través del método descriptivo genealógico propio de la producción del autor alrededor de los años setenta (que viene a contribuir sobre la instancia de análisis del método arqueológico) haciendo referencia al dominio del poder y a esta practica del gobernar se presente en esta instancia el problema del afuera. ¿Hay un afuera de esta trama del poder desde donde pensarse? Es aquí donde Foucault plantea la distancia entre un sujeto y una subjetividad, entrando ya en un periodo hermenéutico o ético. Una subjetividad corresponde a una fuerza que se vuelve sobre si mismo para producirse de manera distinta, desestabilizando la red del poder y logrando demorar las relaciones de afección consiguiendo así generar nuevos modos de vida que se desplieguen por fuera de la trama, al menos de forma circunstancial, hasta que vuelvan a ser atrapados y devueltos a la red.
    Por otra parte, es interesante observar como Foucault realiza un desplazamiento en cuanto a una problemática propia de su época en Francia, es decir, el problema de la Ciencia (forma) y la Política (gobierno). Desplazamiento que viene a reformular el problema partiendo de otros términos referidos al Saber (heterogeneidad) y el Poder (afección). En este punto Foucault se propone sostener su análisis sobre ciencias de un bajo perfil epistemológico en contraste con las llamadas ciencias duras (física, matemática, etc.), como la psicología por ejemplo, denominadas por el autor como disciplinas que posibilitaban descubrir la relación entre el Saber y el Poder. Partiendo de las ciencias duras, más constituidas, advierte Foucault que solo iba a poder apreciar un cierto cambio a nivel formal y discontinuo en relación a instrumentos y teorías. Lo que Foucault intenta desentrañar y mostrarnos es que los saltos discontinuos en el orden de las formas se encuentran profundamente arraigado en modificaciones de las prácticas discursivas. Las prácticas discursivas históricas, es decir las formas de ver y hablar de las personas, cambian y producen crisis en las formas destituyendo algunas y preparando otras nuevas. A su vez lo que Foucault nos revela en su trabajo es que el efecto de la ciencia sobre la sociedad es una normalización de las disciplinas y un control sobre el discurso. Las transformaciones sociales ocurren en un orden de las prácticas discursivas sobre las cuales las ciencias actúan como un dispositivo de control. Siguiendo con esta idea de control, Foucault nos instala a pensar en que los discursos deben ser controlados en cada etapa histórica de las sociedades a través de mecanismos de coacción como el control, la exclusión y la sumisión debido a su potencial peligrosidad contenida en su propia conformación, es decir, para Foucault el discurso esta atravesado y definido ante todo por deseo y poder, azar y acontecimiento, materialidad y práctica. Esto nos marca que hay cosas de las cuales no se puede hablar y que el discurso esta sujetado por mecanismos que le oprimen una coacción conteniéndolo dentro de los límites permitidos establecidos del Poder.
     Por otra parte se me ocurre pensar que quizás el empeño teórico del autor en relación a la temática de la verdad venga también a revelarnos que sin ella, en su carácter de acontecimiento histórico, es vana y frágil la fuerza de la ciencia y más profundamente estéril o sin sentido cualquier relación social.

Aproximaciones sobre el trabajo etnográfico              
     A partir de esta breve introducción teórica sobre algunos puntos del pensamiento foucaultiano, propongo trazar algunas ideas que incorporen estas reflexiones y partiendo de ellas nos posicionen en un lugar desde el cual poder realizar un análisis sobre la disciplina antropológica y la particularidad del trabajo etnográfico que marca la construcción y la afirmación de la Antropología como Ciencia Empírica. [1]
     En la actualidad la antropóloga mexicana Elsie Rockwell, tomada como baluarte por la materia Metodología de la carrera de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires, se presenta como referencia indiscutida marcando las principales reflexiones centrales sobre el trabajo etnográfico. En continuación principalmente y de manera general con algunos conceptos de la antropología de Clifford Geertz, Rockwell nos indica que la etnografía debe entenderse como un proceso de “documentar lo no documentado” sobre una base de trabajo de campo que se nutre de la observación y participación en un contexto espacial e histórico específico. Este proceso debe cobrar conciencia de su lado subjetivo en la tarea del investigador quien solo accede a una parcialidad de la realidad vivida localmente por ser siempre extraño o marginal al lugar. La etnografía se presenta como un proceso que apunta conocer lo desconocido escuchando y comprendiendo a otros. El trabajo requiere de un esfuerzo de atención y observación mayor al que caracteriza la conciencia cotidiana, que recurre a tipificaciones para interpretar en términos más familiares los observado o escuchado en cualquier situación. El sentido mismo del trabajo etnográfico recae en construir conocimientos, en base de entrelazar la observación y la construcción conceptual, sobre una porción del mundo que se solía ver a través de los lentes normativos e ideológicos de algún sentido común, generalmente el de la autoridad, como nos indica Rockwell. Construir conocimiento significa, en estos términos, dar contenido concreto a los conceptos que se elaboran, estableciendo las relaciones no solo entre conceptos abstractos, sino entre los conceptos y los contenidos empíricos de la localidad de estudio. Desde esta postura el objeto de estudio está marcado por la colaboración de los sujetos que conocen su realidad, con ellos y mediante las categorías o lógicas que proporcionan se logran establecer nuevos conceptos que a su vez se presentan como provisionales en pos de respetar la capacidad que tienen los sujetos individuales y colectivos de transformar su mundo. Es por esto fundamental incluir en el trabajo una dimensión temporal de los procesos sociales y culturales que responden a una naturaleza cambiante. El ámbito cotidiano comprende un recorte de escala del trabajo etnográfico empírico que atiende siempre a un contexto accesible temporal y espacialmente a la experiencia directa del investigador. Se reconoce en esta postura el hecho de que el conocimiento local ha nutrido históricamente la elaboración de teorías antropológicas. Para Rockwell, el esfuerzo y la motivación que debe impulsar los procesos etnográficos deben ser la necesidad de comprender y explicar el mundo social.

Un problema Antropológico
     Luego de este breve punteo de ideas acerca de lo que entiende Rockwell sobre el trabajo etnográfico y tomando algunas ideas de Foucault podemos aproximar al respecto  que el investigador construye un discurso antropológico sirviéndose de un conjunto de saberes prácticos locales conformados sobre prácticas de ver y hablar que los sujetos desarrollan, prácticas percibidas en la observación y relación que le posibilita al investigador el trabajo etnográfico. Lo que nutre al conocimiento antropológico es el discurso de otros. Este discurso es escuchado, tomado, recolectado del campo, recortado, interpretado, analizado, en una palabra: manipulado por el investigador. La construcción de conocimientos a la que apunta la antropología esta sustentada en las prácticas discursivas de otros, ejerciendo el investigador la tarea de comprenderlas, analizarlas y explicarlas con un conjunto de herramientas teóricas conceptuales adquiridas en su experiencia de paso por alguna Universidad. Entonces se me ocurre preguntar: ¿Es de carácter dialógica la construcción del conocimiento que plantea la antropología, es decir, construida junto a Otro o en realidad contra un Otro?
     En términos de Foucault, las practicas discursivas (formas de ver y hablar), que ejercen, por ejemplo, los sujetos de estudio de la antropología, configuran Saberes. El discurso antropológico basado en el trabajo etnográfico y ligado a una pretensión de cientificidad se constituye a través del discurso de otros sobre el cual vuelve y ejerce una forma no solo de apropiación, si no de control. La apropiación existe y es clara, más allá de cualquier tipo de participación por motivos éticos que el investigador le quiera otorgar a sus interlocutores (en forma de citas por ejemplo), quien escribe, publica, participa de congresos, etc. (por no decir quien además gana un dinero) es el antropólogo. Hay que advertir que el discurso antropológico no es el discurso de los otros, sino una reelaboración del mismo por medio de mecanismos de selección, interpretación, comprensión e intereses marcados por la subjetividad de quien investiga y afín a un conjunto de herramientas teóricas conceptuales que definen la investigación. El control que ejerce el discurso antropológico sobre el discurso de los Otros se percibe en la forma en que el primero devuelve a la comunidad científica o al conjunto de la sociedad todo lo que esos Otros pertenecientes a grupos minoritarios, locales, nativos, son en su especificidad. Los invisibles se vuelven visibles ante los ojos del Rey a través de un discurso (el antropológico) que muchas veces nada tiene de subversivo ni siquiera de similitud con lo configurado por los Sujetos, si no más bien, está ligado y ajustado a los requisitos de investigación científica marcados por la Autoridad a través de sus distintas Instituciones. ¿Qué posibilidades reales hay entonces de que el discurso antropológico no se convierta en un mecanismo de control sobre la potencial peligrosidad del discurso de los Otros? Quisiera no creerlo, pero se me vuelve imposible no pensar que ante la pretensión de configurarse como una Ciencia Social de tipo Empírica (uno de los esfuerzos que en la actualidad se sigue pregonando en los trabajos antropológicos), no se esta escondiendo, o en el peor de los casos, no se esta haciendo explícita la pretensión de posicionarse como una verdad orientada y sustentada por el poder dominante que ejerce la ciencia en nuestra sociedad. Foucault nos ha revelado e invitado a pensar que el Poder se ejerce siempre en nombre de ciertas Verdades y que a su vez, quienes consiguen imponer Verdades están apoyados en algún tipo de Poder. Quizás el mejor disfraz que vistió la disciplina antropológica de los últimos tiempos para voluntariamente esconder o escindir la verdad y el poder de su discurso ha sido el disfraz del Relativismo. Bajo él se ha predicado sobre la especificidad propia de cada Cultura partiendo de estrategias de análisis que revelaban la inconmensurabilidad y la imposibilidad de cualquier comparación y así de cualquier configuración de aspiración a una verdad cultural universal. Escondiendo de esta forma, bajo la imposibilidad de un discurso antropológico homogéneo, la posibilidad real de volver la crítica sobre el interior de los discursos antropológicos y los mecanismos que los constituyen.
    Para terminar con este trabajo propongo que la disciplina antropológica se deje de mirar con cariño sus posibilidades de constituirse en una ciencia volviéndose una obsesiva metodológica y se vincule o tome la idea de subjetividad que nos propone Foucault como un horizonte que signifique la posibilidad de afectarse a si misma y ubicarse en un afuera próximo pero creador de la trama del Poder. Una antropología ligada a una construcción de subjetividad en términos foucaultianos debería tener que ver con construir una disciplina que ligue y defina su corpus de trabajo en base a objetivos éticos políticos en relación con los sujetos con quienes participa, no ligándose a esos Otros por medio de una práctica de apropiación y control sobre sus prácticas discursivas, si no incluyéndolos dentro de objetivos que tengan que ver con liberar y crear posibilidades reales de nuevos modos de vida para esos sujetos que han sido definidos de diversas de formas, pero que en un gran porcentaje lo que los asemeja es que llevan la marca de la marginalidad en el conjunto de sus vidas. Estoy Pensando en una disciplina antropológica que se  posicione más cerca de la trinchera de la resistencia que de las oficinas científicas. Una antropología que se sirva de la potencialidad del trabajo etnográfico y que se definida por objetivos éticos políticos más cercanos a las realidades que frecuenta en el despliegue y producción del mismo trabajo etnográfico, desplazando así de la preocupación central cuestiones metodológicas. Considero que el discurso antropológico debe ser de carácter crítico y peligroso, es decir responsable de la construcción de un conocimiento creador que se incline del lado de los Otros, aquellos de quien se ha servido desde hace años para intentar trepar a un pedestal sometiendo su discurso.       


Bibliografía
FOUCAULT, M. “Clase del 7 de enero de 1976”, en FOUCAULT, M. Defender la
Sociedad, Bs. As., FCE, 2001, pp. 15-31.
FOUCAULT, M. “Verdad y poder”, en FOUCAULT, M. Microfísica del poder,
Madrid, Ediciones de la Piqueta, 1992, pp. 185-200.
FOUCAULT, M. El orden del discurso, Bs. As., Tusquets, 1992.
FOUCAULT, M. La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 89-
140.
GALLEGO, FERNANDO M. “Notas sobre el lugar de la propuesta epistemológica deleuziana”, en A Parte Rei Revista Filosófica, Mayo 2011.
ROCKWELL, Elsie: La experiencia etnográfica. Historia y cultura en los procesos educativos. Buenos Aires, Paidós, 2009. Cap. 2 “Reflexiones sobre el trabajo etnográfico”; pp. 41-99.
WITTGENSTEIN, L., Tractatus logico-philosphicus, Madrid, Alianza, 1979, selección.




[1] Es decir, basada sobre la experiencia y la observación participante del investigador antropólogo sobre fenómenos sociales en relación con los sujetos que participan de los mismos.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario