Resumen
Sin
esquivar la polémica, este trabajo intenta tomar algunos elementos del
pensamiento foucaultiano para pensar la antropología de nuestros tiempos. Este
intento busca problematizar entorno a la producción del trabajo etnográfico en
relación al discurso de los Otros y expresar una propuesta en referencia al
lugar que la Antropología puede ocupar si logra deshacerse de las
preocupaciones metodológicas que la envuelven en el camino de reafirmarse como
Ciencia, desplazándose hacia objetivos éticos políticos vinculados a los
contextos de producción del trabajo etnográfico.
Introducción: breve
desarrollo de la propuesta de Michel Foucault
Desde Francia, podemos decir que a comienzos
del siglo XX, se despliegan un conjunto de categorías que marcaron la
epistemología moderna. La reflexión francesa sobre la ciencia (como variante de
otras dos corrientes epistemológicas: la alemana y la anglosajona) se orienta
por una racionalidad ampliada e histórica, apartándose de las preocupaciones
lógicas y reduccionistas que marcaron en general el curso de la epistemología anglosajona. La epistemología
francesa se caracteriza por no complacerse de simplificaciones formalistas, si
no más bien, apunta a las complejidades propias de la ciencia, la historia y la
vida misma en profundo vínculo con lo cultural, lo social, lo político, lo
psicológico, etc. Dentro de la corriente epistemológica francesa podemos
descubrir distintas vertientes, entre ellas, la corriente criticista en donde podemos ubicar a partir de los años sesenta el
pensamiento foucaultiano, precedido e influenciado por autores como E.
Boutroux, L. Brunschvicg, G. Bachelard y G. Canguilhem. Como nos explica el
Profesor Gallego:
“Esta segunda corriente (refiriéndose
antes a una primera variante como la empirista y luego a una tercera corriente
como la ontológica) encuentra su materia
de estudio en el despliegue de la actividad del pensamiento científico, adopta
una perspectiva histórica, concibe la actividad de la filosofía de la ciencia
en términos de determinación de las condiciones de posibilidad de la emergencia
de un cierto saber científico y viene a asimilar la modalidad de su propia
tarea con el ejercicio de una crítica del pensamiento de la ciencia, esto es,
con la tarea de precisar el conjunto de razones históricas –pero también
económicas, sociales y políticas- que han venido a ser posible que la ciencia
piense como ha pensado”. (Gallego F. M.; 2011; pág 3)
En concordancia con estos énfasis y
lineamientos teóricos que nos revelan un contexto de producción específico
posicionamos a nuestro autor para nosotros poder, tomando algunas herramientas
de su pensamiento a continuación expuestas, realizar un análisis que aporte a
las Ciencias Sociales, específicamente a la disciplina antropológica.
Michel Foucault en su primera etapa de
producción, alrededor de los años sesenta, presenta un método descriptivo
caracterizado como arqueológico en donde se centra en un minucioso trabajo que,
a través del estudio de fuentes y documentos históricos, posibilita encontrar
indicios de prácticas que daban cuenta de diversas formas históricas de ver y hablar. Intenta reconstruir por
medio de las fuentes un conjunto de prácticas históricas que se referían a la
manera en que la gente veía y hablaba. Estás practicas constituyen un Saber
para Foucault, debido a que el Saber no es conocer, no significa una dimensión
cognitiva, si no más bien una dimensión práctica que produce objetos que no encuentran
una existencia previa. Para Foucault las prácticas en un contexto socio
histórico específico producen objetos desde donde se puede ver y hablar y que a
su vez constituyen la posibilidad de un conocimiento. Es a través del objeto
que el hombre puede conocer. Al mismo tiempo, nos encontramos con el problema
de que las formas de hablar no se corresponden, no tienen absolutamente nada que
ver con las formas de ver, pero sin embargo las encontramos y percibimos
ligadas unas con otras históricamente. Entonces se vuelve inminente la pregunta
acerca de cual es la relación que mantienen unidas a las prácticas del habla
con la observación. Lejos de aterrizar en una explicación formal de la
relación, como podríamos encontrar por ejemplo en la filosofía del lenguaje de
Wittgestein donde se plantea una lógica proposicional, Foucault se vuelca sobre
otro nivel de análisis que tiene que ver con una relación entre formas, una
relación que mantiene unidas a las prácticas históricas discursivas, esta
relación es lo que se denomina como Poder. El Poder en estos términos se
refiere a una relación de fuerzas, algo que no funciona como una forma si no
como una relación, una relación de afección. Entre el lenguaje y la mirada se
encuentra operando una relación de fuerzas que se denomina Poder y que
constituye a su vez un problema histórico en el cual Foucault detiene su
análisis, advirtiendo a su vez que no es la Represión una forma privilegiada
para pensar el Poder si no más bien la conducción, la manipulación, una acción
sobre la acción. El Gobernar se refiere en estos términos a direccionar por
medio de las relaciones de afección la capacidad de actuar de un otro,
direccionar las conductas de los sujetos provocando al mismo tiempo una
normalización. El sujeto se constituye como una identidad producida y atado a
formas de ver y hablar, disciplinado y normalizado. La existencia se vuelve
posible para el sujeto por encontrarse ubicado dentro de esta red de poder que
provoca una normalización. Es en este punto que a través del método descriptivo
genealógico propio de la producción del autor alrededor de los años setenta
(que viene a contribuir sobre la instancia de análisis del método arqueológico)
haciendo referencia al dominio del poder y a esta practica del gobernar se
presente en esta instancia el problema del afuera. ¿Hay un afuera de esta trama
del poder desde donde pensarse? Es aquí donde Foucault plantea la distancia
entre un sujeto y una subjetividad, entrando ya en un periodo hermenéutico o
ético. Una subjetividad corresponde a una fuerza que se vuelve sobre si mismo
para producirse de manera distinta, desestabilizando la red del poder y
logrando demorar las relaciones de afección consiguiendo así generar nuevos
modos de vida que se desplieguen por fuera de la trama, al menos de forma
circunstancial, hasta que vuelvan a ser atrapados y devueltos a la red.
Por otra parte, es interesante observar
como Foucault realiza un desplazamiento en cuanto a una problemática propia de
su época en Francia, es decir, el problema de la Ciencia (forma) y la Política
(gobierno). Desplazamiento que viene a reformular el problema partiendo de
otros términos referidos al Saber (heterogeneidad) y el Poder (afección). En
este punto Foucault se propone sostener su análisis sobre ciencias de un bajo
perfil epistemológico en contraste con las llamadas ciencias duras (física,
matemática, etc.), como la psicología por ejemplo, denominadas por el autor
como disciplinas que posibilitaban descubrir la relación entre el Saber y el
Poder. Partiendo de las ciencias duras, más constituidas, advierte Foucault que
solo iba a poder apreciar un cierto cambio a nivel formal y discontinuo en
relación a instrumentos y teorías. Lo que Foucault intenta desentrañar y
mostrarnos es que los saltos discontinuos en el orden de las formas se
encuentran profundamente arraigado en modificaciones de las prácticas
discursivas. Las prácticas discursivas históricas, es decir las formas de ver y
hablar de las personas, cambian y producen crisis en las formas destituyendo algunas
y preparando otras nuevas. A su vez lo que Foucault nos revela en su trabajo es
que el efecto de la ciencia sobre la sociedad es una normalización de las
disciplinas y un control sobre el discurso. Las transformaciones sociales
ocurren en un orden de las prácticas discursivas sobre las cuales las ciencias
actúan como un dispositivo de control. Siguiendo con esta idea de control,
Foucault nos instala a pensar en que los discursos deben ser controlados en
cada etapa histórica de las sociedades a través de mecanismos de coacción como
el control, la exclusión y la sumisión debido a su potencial peligrosidad
contenida en su propia conformación, es decir, para Foucault el discurso esta
atravesado y definido ante todo por deseo y poder, azar y acontecimiento,
materialidad y práctica. Esto nos marca que hay cosas de las cuales no se puede
hablar y que el discurso esta sujetado por mecanismos que le oprimen una
coacción conteniéndolo dentro de los límites permitidos establecidos del Poder.
Por otra parte se me ocurre pensar que quizás
el empeño teórico del autor en relación a la temática de la verdad venga
también a revelarnos que sin ella, en su carácter de acontecimiento histórico, es
vana y frágil la fuerza de la ciencia y más profundamente estéril o sin sentido
cualquier relación social.
Aproximaciones sobre el
trabajo etnográfico
A partir de esta breve introducción
teórica sobre algunos puntos del pensamiento foucaultiano, propongo trazar
algunas ideas que incorporen estas reflexiones y partiendo de ellas nos
posicionen en un lugar desde el cual poder realizar un análisis sobre la
disciplina antropológica y la particularidad del trabajo etnográfico que marca
la construcción y la afirmación de la Antropología como Ciencia Empírica. [1]
En la actualidad la antropóloga mexicana
Elsie Rockwell, tomada como baluarte por la materia Metodología de la carrera
de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires, se presenta como
referencia indiscutida marcando las principales reflexiones centrales sobre el
trabajo etnográfico. En continuación principalmente y de manera general con
algunos conceptos de la antropología de Clifford Geertz, Rockwell nos indica
que la etnografía debe entenderse como un proceso de “documentar lo no
documentado” sobre una base de trabajo de campo que se nutre de la observación
y participación en un contexto espacial e histórico específico. Este proceso
debe cobrar conciencia de su lado subjetivo en la tarea del investigador quien
solo accede a una parcialidad de la realidad vivida localmente por ser siempre
extraño o marginal al lugar. La etnografía se presenta como un proceso que
apunta conocer lo desconocido escuchando y comprendiendo a otros. El trabajo
requiere de un esfuerzo de atención y observación mayor al que caracteriza la
conciencia cotidiana, que recurre a tipificaciones para interpretar en términos
más familiares los observado o escuchado en cualquier situación. El sentido
mismo del trabajo etnográfico recae en construir conocimientos, en base de
entrelazar la observación y la construcción conceptual, sobre una porción del
mundo que se solía ver a través de los lentes normativos e ideológicos de algún
sentido común, generalmente el de la autoridad, como nos indica Rockwell. Construir
conocimiento significa, en estos términos, dar contenido concreto a los
conceptos que se elaboran, estableciendo las relaciones no solo entre conceptos
abstractos, sino entre los conceptos y los contenidos empíricos de la localidad
de estudio. Desde esta postura el objeto de estudio está marcado por la
colaboración de los sujetos que conocen su realidad, con ellos y mediante las
categorías o lógicas que proporcionan se logran establecer nuevos conceptos que
a su vez se presentan como provisionales en pos de respetar la capacidad que
tienen los sujetos individuales y colectivos de transformar su mundo. Es por
esto fundamental incluir en el trabajo una dimensión temporal de los procesos
sociales y culturales que responden a una naturaleza cambiante. El ámbito
cotidiano comprende un recorte de escala del trabajo etnográfico empírico que
atiende siempre a un contexto accesible temporal y espacialmente a la
experiencia directa del investigador. Se reconoce en esta postura el hecho de
que el conocimiento local ha nutrido históricamente la elaboración de teorías
antropológicas. Para Rockwell, el esfuerzo y la motivación que debe impulsar
los procesos etnográficos deben ser la necesidad de comprender y explicar el
mundo social.
Un problema
Antropológico
Luego de este breve punteo de ideas acerca
de lo que entiende Rockwell sobre el trabajo etnográfico y tomando algunas
ideas de Foucault podemos aproximar al respecto que el investigador construye un discurso
antropológico sirviéndose de un conjunto de saberes prácticos locales
conformados sobre prácticas de ver y hablar que los sujetos desarrollan, prácticas
percibidas en la observación y relación que le posibilita al investigador el
trabajo etnográfico. Lo que nutre al conocimiento antropológico es el discurso
de otros. Este discurso es escuchado, tomado, recolectado del campo, recortado,
interpretado, analizado, en una palabra: manipulado por el investigador. La
construcción de conocimientos a la que apunta la antropología esta sustentada
en las prácticas discursivas de otros, ejerciendo el investigador la tarea de
comprenderlas, analizarlas y explicarlas con un conjunto de herramientas
teóricas conceptuales adquiridas en su experiencia de paso por alguna
Universidad. Entonces se me ocurre preguntar: ¿Es de carácter dialógica la
construcción del conocimiento que plantea la antropología, es decir, construida
junto a Otro o en realidad contra un Otro?
En
términos de Foucault, las practicas discursivas (formas de ver y hablar), que
ejercen, por ejemplo, los sujetos de estudio de la antropología, configuran
Saberes. El discurso antropológico basado en el trabajo etnográfico y ligado a
una pretensión de cientificidad se constituye a través del discurso de otros
sobre el cual vuelve y ejerce una forma no solo de apropiación, si no de control.
La apropiación existe y es clara, más
allá de cualquier tipo de participación por motivos éticos que el investigador
le quiera otorgar a sus interlocutores (en forma de citas por ejemplo), quien
escribe, publica, participa de congresos, etc. (por no decir quien además gana
un dinero) es el antropólogo. Hay que advertir que el discurso antropológico no
es el discurso de los otros, sino una reelaboración del mismo por medio de
mecanismos de selección, interpretación, comprensión e intereses marcados por
la subjetividad de quien investiga y afín a un conjunto de herramientas
teóricas conceptuales que definen la investigación. El control que ejerce el discurso antropológico sobre el discurso de
los Otros se percibe en la forma en que el primero devuelve a la comunidad
científica o al conjunto de la sociedad todo lo que esos Otros pertenecientes a
grupos minoritarios, locales, nativos, son en su especificidad. Los invisibles
se vuelven visibles ante los ojos del Rey a través de un discurso (el
antropológico) que muchas veces nada tiene de subversivo ni siquiera de
similitud con lo configurado por los Sujetos, si no más bien, está ligado y
ajustado a los requisitos de investigación científica marcados por la Autoridad
a través de sus distintas Instituciones. ¿Qué posibilidades reales hay entonces
de que el discurso antropológico no se convierta en un mecanismo de control
sobre la potencial peligrosidad del discurso de los Otros? Quisiera no creerlo,
pero se me vuelve imposible no pensar que ante la pretensión de configurarse
como una Ciencia Social de tipo Empírica (uno de los esfuerzos que en la
actualidad se sigue pregonando en los trabajos antropológicos), no se esta
escondiendo, o en el peor de los casos, no se esta haciendo explícita la
pretensión de posicionarse como una verdad orientada y sustentada por el poder
dominante que ejerce la ciencia en nuestra sociedad. Foucault nos ha revelado e
invitado a pensar que el Poder se ejerce siempre en nombre de ciertas Verdades
y que a su vez, quienes consiguen imponer Verdades están apoyados en algún tipo
de Poder. Quizás el mejor disfraz que vistió la disciplina antropológica de los
últimos tiempos para voluntariamente esconder o escindir la verdad y el poder
de su discurso ha sido el disfraz del Relativismo. Bajo él se ha predicado
sobre la especificidad propia de cada Cultura partiendo de estrategias de
análisis que revelaban la inconmensurabilidad y la imposibilidad de cualquier
comparación y así de cualquier configuración de aspiración a una verdad
cultural universal. Escondiendo de esta forma, bajo la imposibilidad de un
discurso antropológico homogéneo, la posibilidad real de volver la crítica
sobre el interior de los discursos antropológicos y los mecanismos que los
constituyen.
Para terminar con este trabajo propongo que
la disciplina antropológica se deje de mirar con cariño sus posibilidades de
constituirse en una ciencia volviéndose una obsesiva metodológica y se vincule
o tome la idea de subjetividad que nos propone Foucault como un horizonte que
signifique la posibilidad de afectarse a si misma y ubicarse en un afuera
próximo pero creador de la trama del Poder. Una antropología ligada a una
construcción de subjetividad en términos foucaultianos debería tener que ver
con construir una disciplina que ligue y defina su corpus de trabajo en base a
objetivos éticos políticos en relación con los sujetos con quienes participa,
no ligándose a esos Otros por medio de una práctica de apropiación y control
sobre sus prácticas discursivas, si no incluyéndolos dentro de objetivos que
tengan que ver con liberar y crear posibilidades reales de nuevos modos de vida
para esos sujetos que han sido definidos de diversas de formas, pero que en un
gran porcentaje lo que los asemeja es que llevan la marca de la marginalidad en
el conjunto de sus vidas. Estoy Pensando en una disciplina antropológica que
se posicione más cerca de la trinchera
de la resistencia que de las oficinas científicas. Una antropología que se
sirva de la potencialidad del trabajo etnográfico y que se definida por
objetivos éticos políticos más cercanos a las realidades que frecuenta en el
despliegue y producción del mismo trabajo etnográfico, desplazando así de la
preocupación central cuestiones metodológicas. Considero que el discurso
antropológico debe ser de carácter crítico y peligroso, es decir responsable de
la construcción de un conocimiento creador que se incline del lado de los
Otros, aquellos de quien se ha servido desde hace años para intentar trepar a
un pedestal sometiendo su discurso.
Bibliografía
FOUCAULT, M. “Clase del 7 de
enero de 1976”, en FOUCAULT, M. Defender la
Sociedad, Bs. As., FCE, 2001, pp.
15-31.
FOUCAULT, M. “Verdad y poder”, en
FOUCAULT, M. Microfísica del poder,
Madrid, Ediciones de la Piqueta,
1992, pp. 185-200.
FOUCAULT, M. El orden del
discurso, Bs. As., Tusquets, 1992.
FOUCAULT, M. La verdad y las
formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 89-
140.
GALLEGO, FERNANDO M. “Notas sobre
el lugar de la propuesta epistemológica deleuziana”, en A Parte Rei Revista
Filosófica, Mayo 2011.
ROCKWELL, Elsie: La experiencia
etnográfica. Historia y cultura en los procesos educativos. Buenos Aires,
Paidós, 2009. Cap. 2 “Reflexiones sobre el trabajo etnográfico”; pp. 41-99.
WITTGENSTEIN, L., Tractatus
logico-philosphicus, Madrid, Alianza, 1979, selección.
[1] Es
decir, basada sobre la experiencia y la observación participante del
investigador antropólogo sobre fenómenos sociales en relación con los sujetos
que participan de los mismos.

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