lunes, 13 de mayo de 2013

La Viena de 1900


Dejo un pequeño fragmento que seleccioné del libro "La Viena de Wittgenstein" de Allan Janik y Stephen Tualmin, correspondientes a las páginas 20 y 21 de la versión castellana de Ignacio Gomez de Liaño, editorial Taurus. Hace días que doy vueltas por las páginas de este libro y de algunos otros, como también en la música de Mahler, el pensamiento de Wittgenstein, buscando vivir por un instante en la Viena de 1900. Saborear el desconcierto de los límites, las certezas de la nada y la luz de las penumbras. Contrastando con el triunfalismo tecno-idiota de estos tiempos, con las flores de plástico y la cultura barrabrava.  

¿ Fue solamente una coincidencia que los orígenes de 
la música dodecafónica, de la arquitectura «moderna», 
del positivismo legal y lógico, de la pintura no figurativa 
y del psicoanálisis -sin mencionar la reviviscencia del 
interés por Schopenhauer y Kierkegaard- tuviesen lugar 
simultáneamente y estuviesen concentrados, en tan gran 
medida, en Viena? ¿ Fue meramente un hecho biográfico 
curioso que el joven director de orquesta Bruno Walter 
acompañase regularmente a Gustav Mahler a la mansión 
vienesa de la familia Wittgenstein, y que hubiesen des­
cubierto en sus conversaciones que tenían un interés 
común por la filosofía kantiana, lo cual indujo a Mahler 
a regalar a Walter en las Navidades de 1894 una colec­
ción de las obras de Schopenhauer?. ¿Y no fue más 
que una consecuencia particular de la versatilidad de 
Arnold Schonberg que produjese una sorprendente serie 
de pinturas y de ensayos altamente notables desde la 
cima de sus actividades revolucionarias como composi­
tor y teórico de la música? Eso puede parecer, hasta 
que vemos a Schonberg regalando un ejemplar de su 
gran libro de texto musical, Harmonielehre (Tratado de 
Armonía), al periodista y escritor Karl Kraus, con la 
dedicatoria: «He aprendido de usted más, quizá, de lo 
que alguien debiera aprender de otro si pretende perma­
necer independiente». 
Si, como 'contraste, estamos preparados para acoger 
la práctica y el testimonio de Schonberg según el valor 
que para él mismo tenían, habremos de cambiar nues­tros
métodos de indagación. ¿Por qué hoy nos parece 
paradójico que Schonberg, el músico, reconociese estar 
en profunda deuda con un periodista como Kraus? ¿Y 
por qué -en un sentido más general- métodos artí­ticos 
e intelectuales, que hasta finales del ochocientos 
conservaron su lugar en tantos campos casi sin que se 
les infligiese recusación alguna, sufren el ataque de la 
crítica y se encuentran desplazados por el modernismo 
que fue la admiración o el horror de nuestros abuelos, 
ocurriendo todo ello en un mismo momento? Nunca lograremos 
responder a estas preguntas si limitamos estre­chamente 
nuestra atención a, por ejemplo, los novedo­so
principios de la composición dodecafónica, las innovadores
estilísticas de Klimt, o la amplia deuda que 
Freud contrajo con Meynert y Breuer. Y menos aún po­dremos 
ensanchar nuestros puntos de vista sociales y 
reconocer cómo una misma Viena, que se jactaba de 
su imagen de « ciudad de ensueños», pudo ser descrita al 
mismo tiempo por su más penetrante crítico social como 
el «campo de pruebas de la destrucción del mundo». 



Sinfonía Nº 5 Adagietto (Gustav Mahler)



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