Veredas dibujadas con colores de otoño. Un recuerdo insostenible deambula y recorre la pena. Bajo una tenue luz, ahogados en cafe, dos personas se conocen y se quieren mientras descubren los versos finales de un poema de Whitman, otros tantos allá afuera se desconocen. La calle los deja solos a esta hora, mano a mano con la vida. Por suerte el frio, el frio les quema la piel. Algunos rien su felicidad, esa misma que pasean orgullosos y que piensan que tendrán para siempre. Otros en silencio experimentan el lugar oculto donde amor y odio se confunden. Son casi las cuatro y veintidos minutos de las madrugada. Imagino que el tren ya no volverá a pasar, no me lamento. Después de todo siempre supe que las cosas atesoran sus porque. Invento palabras. No existe la posibilidad de pensar fuera del lenguaje. El viento dibuja en el aire garabatos, arrastra consigo lo que puede. Tiemblan de miedo los arboles, nunca se acostumbraron a la noche. Estoy seguro que mañana habrá tanta gente que desearé encontrarme aquí, bajo estas circunstancias irreales, sin tener la obligación de sostener situaciones.
Un anciano se acerca, camina lento cruzando la plaza. Se me ocurre que apareció de la nada, trae consigo un diario, noticias de hoy. Me mantengo inmovil sentado en un banco cercano a la fuente. Se detiene ante mi, me observa un instante, y murmura con voz gastada: "la maleza a la que nos acostumbramos solo estorba el camino". Continúa caminando en direccion al palacio, intento seguir sus pasos, se desvanece y me despierto.
martes, 3 de mayo de 2011
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